martes, 10 de enero de 2012

Al bajarse del autobus sintió algo

Al bajarse del autobus sintió algo, ese presentimiento que solía tener en un pasado que ahora le resultaba ajeno, gris, su yo en esos recuerdos ya no lo eran, no se sabía reconocer. Era una sensación extraña, una especie de mariposas invadiéndole el estómago sin llegar a resultarle desagradable.


Salió de la estación y allí se la encontró. Estaba dentro de una gabardina por encima de las rodillas marrón, casi negra, con una bufanda blanca y sus tejanos desgastados. Escondió la boca en el cuello del abrigo, pero allí seguía, mirando de frente la puerta de la estación. Mirando a aquel extraño ser del pasado que de pronto reaparecía, cuando sabías desde lo más hondo de tus pensamientos que no querías que ese momento sucediera.


La lluvia había desaparecido, la gente iba cada vez más y más rápido a su alrededor. Los taxis combiaban sus carteles de libre a ocupado por minutos, los trenes seguían anunciando su llegada y los buses bajaban montones de gente con caras serias y abrigos grises.


Se acomodó su bandolera llena de libros en el hombro y se quedó parado, esperando algún movimiento. Ella seguía ahí, también esperando que él diera el primer paso.


Él estava cansado de los juegos, cansado de que el destino hubiera querido cruzarla por su vida. Estaba harto de ella, de sus tonterías, de sus enfados, de sus risas y su parloteo. Ahora estaba cansado, antes adoraba todo de ella. Antes la quiso, pero ella fue destrozando ese amor, haciendo que hasta los pequeños resquicios de cariño desaparecieran.


Ella no sabía si sentía algo por él, aún, después de dos años de no verlo no lo sabía con certeza. Solo tenía claro que lo echaba de menos, quería sus abrazos y sus susurros que la hacian reír, esos te quiero dichos a media voz que aún atesoraba. Ella lo quería para ella, quería que solo fuera de ella y de nadie más. De ningún hombre ni de ninguna mujer. Quería que la siguiera, quería que la adorara.. Durante dos años esperó una llamada, un atisbo de vida detrás del teléfono, una carta.. Cualquier cosa. Y no podía creer que él la hubiera olvidado. Era imposible.


Él la miró con desepción, negó con la cabeza, observó detrás de ella como estaba el tiempo, la gente, los coches, las motos y las luces. Todo seguía igual en esa ciudad, día a día nada cambiaba. La lluvia persistía y las nubes sumían todo en una extraña oscuridad para ser de día. Caminó hacia ella, esto se tenía que terminar, no podían continuar así. Siempre lo esperaba delante de esa puerta y siempre le hablaba. Él, educadamente, la saludaba con un movimiento de cabeza y después se iba. Ella lo miraba como se alejaba y al día siguiente estaba allí.


Caminó, con paso firme, ya no le temblaban las manos ni sentía ese frío por dentro. Ella levantó la vista y lo saludó. Él pasó por su lado, sinsiquiera mirarla y cruzó la calle.


Ella lo llamó, esperó a que se girara, gritaba su nombre. Turistas y familiares de recién llegados la miraban en silencio, otros susurraban intentando disimular. Ella siguió llamándolo, pidiéndole que se girara, que le hablara. Intentó seguirlo, pero se dio cuenta que no valía la pena. Él caminó y caminó, internándose en la ciudad. No se giró aunque escuchara su nombre. Él no se giró aunque ese fuera el adiós definitivo, aunque odiara darse cuenta que a él sí que le dolía, pero a ella no, cuando aquella tarde le pidió que no lo dejara solo. Aquella tarde ella se marchó, corriendo buscando a alguien que le regalaba nuevas caricias.


No se giró, su nombre fue desvaneciendose y fue engullido por las bocinas, los ruidos del motor de autobuses y las llamadas a los pasajeros de los trenes. Ese día hacia frío, llovía, pero ella se quedó allí, parada, completamente vacía, no queriéndose darse cuenta que era la única que había vivido en el pasado durante más de 2 años, que ahora había perdido a quien más la había amado, a la única persona que le hizo ver que valía mucho más de lo que nunca había pensado.

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