sábado, 7 de enero de 2012

Noches de Bohemia

A mi hermana Desirée


El estridente sonido del teléfono me despertó. Estoy demasiado cansada como para contestar, voy a dejar que salte el contestador. Piiiii. Llámame.


Já, gilipollas, como si te echara de menos. Lamentablemente no puedes comprarme y eso no te gusta. Por mucho que ordenes y pidas yo nunca te obedezco. Qué pena para ti que no me gusten los diamantes ni las cenas elegantes. Lo que si me gusta es que mires con desprecio mi pequeña cruz gastada por el tiempo y descubras que he vuelto a comerme una hamburguesa doble para comer.


¿ Dónde está mi whisky?


Como cada noche des de los últimos tres años estaba contemplando la ciudad des de la terraza de mi ático. Siguiendo la costumbre, en mi mano había mi vaso de whisky doble y de fondo, el Réquiem de Mozart.


Mi cuerpo estaba ligeramente inclinado sobre el muro que hacía de barandilla. El frío viento jugueteaba con el borde de mi albornoz de seda china. Era demasiado largo, me llegaba a las rodillas.


Vacíe el vaso de un solo trago y volví a mirar la calle. Las luces de las farolas se reflejaban en mi gafas de pasta y los coches pasaban rápidos y fugaces por las calles.


Incliné un poco la cabeza hacía la derecha y fijé mi vista en un Hummer aparcado en la acera de enfrente. Parado en la puerta del conductor estaba un hombre. Con su traje impecable y el pelo peinado hacía atrás a la última moda. Menudo pavo real,¿ de verdad, una mujer que se precie, podía salir con E-SO? No pude evitar reír cuándo vi su cita. Una Barbie llena de plástico y embutida en un minúsculo vestido rojo se dirigía hacia él. Se veía totalmente ridícula corriendo con eso tacones de aguja. Pero,¿ qué me importaban a mi un Ken y su Barbie? Nada. Ya tenía bastante con mis problemas para preocuparme por los demás. Sin embargo ahí estaba, preguntándome qué tipo de vida vivían, si eran felices, cuáles eran sus pesadillas, si había alguien que velara por sus sueños y calentara la otra mitad del colchón...

La única cosa que saqué en claro fue la mirada lujurioso del pavo real.


Así que se trataba de eso, de sexo. De sexo frívolo. De sexo rápido. Eso no iba conmigo, a mi me gustaba duro, salvaje y sucio. Sexo en estado puro.


Me enderecé y fui caminando hasta el espejo del recibidor, una vez delante desnudé mi cuerpo. Mis pechos no eran tan grandes como los suyos, más bien eran pequeños pero naturales, y estaba orgullosa de ellos. Mi piel era pálida y el pelo rojo natural apenas me llegaba hasta los omóplatos. Largas piernas, cintura marcada, culo pequeño y redondeado, nariz pequeña y definida, labios carnosos, y unos ojos grises que me devolvían la mirada inexpresiva, insensible, con desprécio, con asco.


Abroché rápidamente el albornoz, no debía seguir con esos pensamientos. Esa hija de puta estaba bien enterrada, yo me había encargado personalmente de ello. No volvería a abusar de mi ni de nadie más. No me diría lo despreciable y asquerosa que era. No me escupiría en la cara nunca más.


Giré la espalda al espejo y bajé el albornoz hasta que pude ver la marca de los latigazos. No era agradable, y me izo recordar todo el horror, el sufrimiento y el abandono que sufrí en gran parte de mi infancia y adolescencia.


Volví al balcón y me subí al muro que separaba mi ático del vacío más oscuro y absoluto. Sería tan fácil saltar... Dejarse caer... Saber con una certeza absoluta que tu vida va a acabar en esos momentos y nadie va a evitarlo. Que después no te despertarás y sentirás dolor, frustración y desesperación por seguir en el infierno de tu vida.


La idea cada vez era más atractiva, no dejaba nada importante detrás. Nadie me lloraría. Dudaba que me mencionaran siquiera en los periódicos. Hay un montón de gente que se suicida todos los días¿ verdad?


Alguien llamó a la puerta pero no me importó. Yo cada vez estaba más ligera, creía que podía llegar a volar, y casi sin darme cuenta, cerré los ojos y empecé a inclinarme hacía el vacío.


Oh mierda... se sentía tan bien...